En mi almohada todavía hay restos de tu pintalabios. Mis camisas tienen las mismas arrugas de siempre y mi reloj marca las ocho y veinte. Tu gato ronronea en la puerta de mi habitación, y en el pasillo, las luces siguen fundidas. El salón está desordenado y el vino de anoche mancha la mesa. Tu abrigo rosa cuelga de mi perchero y la cocina huele a café recién hecho.
Entonces, me despierto y mis sabanas ya se han recuperado de tu visita, mis camisas ahora son camisetas y mi reloj, no existe. De mi ya no depende ninguna vida animal y las luces del pasillo han vuelto. El salón luce impoluto y en mi perchero no hay pertenencias de nadie. Pero el café, no es lo mismo sin ti.

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